Más de 1.000 millones de niños y adolescentes en el mundo enfrentan una vida de miseria y privaciones debido a la pobreza, los conflictos y el VIH, denunció este jueves el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). 9.12.04

La izquierda en el mundo

John Holloway

¿Cómo entender la nueva izquierda actual? ¿Cómo entender esta ola de lucha que surge sobre todo a partir del levantamiento zapatista? Como dice Octavio Rodríguez Araujo en su nuevo libro, “la izquierda en la que me formé no tiene nada que ver con los movimientos que ahora se dicen de izquierda”. Hay como una barrera de comprensión entre la vieja izquierda y esta nueva izquierda confusa y dispersa que ha surgido. Quiero simplemente ofrecer algunos principios para enfrentar esta barrera de incomprensión.

1) El fracaso de la vieja izquierda tiene que ser el punto de partida para cualquier reflexión sobre la izquierda de hoy. Está muy bien decir a los estudiantes de la UNAM que ellos no saben lo que es un verdadero movimiento estudiantil como el del 68, decir a los zapatistas que les falta madurez política porque no tienen un programa de cómo vamos a transitar a otro tipo de sociedad, decir a los globalifóbicos del mundo que tienen ideas muy confusas. Todo esto está muy bien, pero olvida una cosa fundamental: que nuestra generación fracasó. Queríamos cambiar el mundo y no lo pudimos hacer, y ahora el capitalismo es más mierda que nunca, la injusticia, la violencia, la explotación, la tendencia hacia la autodestrucción humana peor que nada. La revolución es más urgente que nunca, es más importante que nunca plantear la cuestión de un cambio social radical, pero nosotros no lo pudimos hacer, nosotros fracasamos.
2) El fracaso de la vieja izquierda no fue simplemente el fracaso de un movimiento sino el fracaso de un concepto, de toda una forma de entender el cambio social, de una lógica, de un lenguaje.
Un elemento central de esta construcción vieja fue la idea que identificaba el cambio social radical con la toma del poder estatal, una idea que compartían reformistas y revolucionarios, Luxemburgo y Bernstein. Esta identificación implica no solamente una estrategia política en el sentido estrecho sino la aceptación de una forma de concebir la política y de pensar. Los temas centrales, según este concepto, son la construcción del partido, la unidad, la disciplina, el programa de lo que se va a hacer en el futuro, la clase trabajadora como identidad, como grupo que no está cumpliendo con las expectativas por el momento pero que lo va a hacer en el futuro. La orientación hacia el poder implica aceptar el lenguaje, la lógica, los cálculos del poder y, sobre todo, los conceptos de espacio y de tiempo del poder, un espacio definido no por el movimiento de la sociabilidad humana sino por las definiciones políticas en términos de estados, un tiempo de reloj, un tiempo que siempre posterga el cambio social hasta el futuro.
3) Si no partimos de este fracaso, es muy difícil entender lo que está pasando. Si no vemos que el movimiento actual con sus formas de organización y sus conceptos surge como repudio a un modelo fracasado, no vemos nada. Y si no cuestionamos nuestros propios conceptos, entonces simplemente no tenemos los ojos para ver, los oídos para oír lo que está pasando.
4) La gran aportación de los zapatistas al nivel mundial es que parten del reconocimiento del fracaso de los viejos esquemas. Lo fundamental es que rompen la identificación entre revolución y toma del poder estatal. Dicen muy claramente “queremos hacer un mundo nuevo, pero no queremos tomar el poder”. Con eso abren no solamente una estrategia política nueva sino también una nueva lógica, una nueva gramática revolucionaria.
5) Si la identificación entre revolución y toma del poder fue el eje de la vieja gramática, es obvio que la separación entre revolución y toma del poder es la base de la nueva gramática.
Esta gramática todavía está muy confusa, pero para mí lo importante es no imponer los viejos conceptos sino participar en el desarrollo del lenguaje conceptual, es decir, en un nuevo lenguaje revolucionario. En el viejo esquema revolución y toma del poder estaban tan estrechamente identificadas que el fracaso de los intentos de cambiar la sociedad a través de la sociedad tuvo como efecto que ya nadie quería hablar de revolución. Si ahora decimos que esta identificación era falsa, estamos abriendo otra vez la posibilidad de hablar de la revolución y de su urgente necesidad, pero con otros conceptos.
Un aspecto central del intento de pensar en la revolución sin pasar por la toma del poder es la distinción muy clara entre el poder de ellos y el poder nuestro. El poder nuestro es el poder-hacer, la capacidad de hacer, un poder que es siempre social, un poder que se puede concebir sólo en términos del flujo social del hacer, en el cual lo hecho de uno es la precondición del hacer de otros. El poder de ellos es lo contrario. El capital es simplemente la ruptura del flujo social del hacer. El capitalista agarra lo hecho y dice “¡Este es mío!”, y ya que lo hecho es la precondición del hacer de otros, el capitalista adquiere así la capacidad de mandar el hacer de los hacedores. El poder-hacer social se convierte en un poder-sobre aparentemente individual. Se niega la socialidad del hacer, se subordina el hacer a lo hecho, a lo que es. Se establece el capitalismo como negación del hacer social, como reino del ser, reino del “así son las cosas, así es la vida”.
Lo importante es que los dos movimientos, el movimiento del poder-hacer y el movimiento del poder-sobre, son movimientos totalmente asimétricos. El movimiento del poder-sobre es un movimiento de romper, de separar, el movimiento del poder-hacer es un movimiento de reunir, de componer, de hacer explícita la socialidad del hacer. El movimiento del poder-sobre es el movimiento de negar el hacer social, el movimiento del ser que niega movimiento; el movimiento del poder-hacer es el movimiento del hacer. Por un lado, por el lado de ellos, la ontología y la lógica formal, por el otro, por el nuestro, la lógica del hacer, es decir, la dialéctica negativa. Por un lado la clasificación, la definición, el cerrar; por el otro, un movimiento en contra de la definición, en contra de la clasificación, el abrir. En este contexto, está claro que el estado (cualquier estado, el estado como forma de relaciones sociales) es parte del movimiento del poder-sobre, parte del proceso de separar, de negar el hacer.
6) ¿Qué decir de los movimientos actuales? Obviamente son movimientos muy contradictorios, pero el núcleo está formado por luchas para emancipar el hacer social, para abrir fisuras en la dominación capitalista, espacio-tiempos en donde no manda el capital, en donde no reina la lógica del capital y de la ganancia, en donde la gente está diciendo “no podemos esperar el Gran Día de la Revolución, estamos cambiando la sociedad ahora, ya.”
Estuve en Argentina hace unos días y descubrí un mundo lleno de fisuras. Pero si uno piensa en fisuras, si uno ve las fisuras en Perú, en Ecuador, en Bolivia, en Brasil, en México, en todas las partes del mundo, uno se da cuenta de repente que el mapa de este capitalismo que parece tan invencible es en realidad un mapa lleno de fisuras, lleno de esperanza. La lucha es para abrir y extender estas fisuras. Es una lucha difícil, una lucha necesariamente llena de experimentos y errores, llena de preguntas. Como dicen los zapatistas, preguntando caminamos. Preguntando caminamos porque no tenemos la respuesta, preguntando caminamos porque nuestra gramática es una gramática distinta.